(Publicado originalmente el 4 de abril de 2021 en https://lasillavacia.com/silla-llena/red-social/la-reforma-tributaria-y-las-bases-sociales-del-autorrespeto-77882)
En estos días hemos comenzado a discutir en Colombia acerca de la nueva reforma tributaria que presentará —en algún momento— el gobierno de Iván Duque. Este debate ha comenzado con los muy pocos elementos que nos han permitido conocer, pues no tenemos el texto de lo que será la reforma. Al parecer, sólo los gremios y algunos congresistas de la coalición de gobierno tienen esta información, a pesar de que serán los sectores de ingresos medios y bajos quienes asumirán la mayor parte de los billones que le hacen falta al gobierno. Sin entrar en las particularidades de la futura reforma, estos problemas de procedimiento (como bien ha dicho Esteban Hoyos en una reciente columna) generan ya una seria preocupación.
El contenido de esta entrada no es, a pesar de lo que podría hacer pensar el primer párrafo, una discusión acerca de las propuestas que hemos conocido a través de los medios. Es más bien un intento por pensar en ciertos elementos previos —digamos filosóficos— que deberíamos tener en cuenta antes de discutir las medidas específicas. Una de estas cuestiones previas y básicas es la desigualdad socioeconómica. Cualquier reforma al sistema tributario colombiano debería tener como uno de sus principales objetivos reducir las grandes desigualdades que existen en nuestro país. Está ampliamente documentado el grave estado en el que nos encontramos y cómo somos uno de los países más desiguales en una de las regiones más desiguales del planeta.
Hay muchas razones para rechazar la desigualdad, pero en esta entrada quiero concentrarme en una. Una sociedad desigual estimula las diferencias de estatus. Ubica a ciertas personas en posiciones sociales que hacen que se vean a sí mismas —y hacen que los demás miembros de la sociedad las vean— como menos valiosas. Hay aquí un elemento psicológico sobre al que me referiré más tarde. Por ahora quiero que pensemos en el siguiente experimento mental.
Imaginemos una sociedad como la colombiana, en la que hay algunas personas ricas y otras pobres. Aquellos que llamaremos ricos tienen acceso a vivienda, salud, tiempo libre para disfrutar en familia y con amigos, oportunidades de salir al campo y respirar aire libre. Tienen, además, la posibilidad de una buena educación y acceso a la cultura, un buen trabajo que les permite, además de recibir buenos ingresos, ser reconocidos socialmente por lo que hacen. Estas personas pueden también asegurarse de que sus hijos y familiares accedan a todas estas cosas valiosas. Los pobres, por el contrario, carecen de muchos de estos bienes o tienen enormes dificultades para acceder a ellos.
En esa sociedad la estructura social permite que unos tengan una buena cantidad de bienes, mientras otros carecen de todos o de la mayoría de ellos. Imaginemos ahora que a quienes ocupan esa posición de privilegio se le permite, además de tener acceso a todos los recursos mencionados, la posibilidad de causar daño físico a quienes tienen menos. En esta sociedad imaginaria y cruel, los mejor posicionados en la estructura social podrían lesionar libremente a aquellos peor posicionados. Si los primeros atropellan a los segundos mientras unos conducen y los otros van camino a su casa, pues no habría lugar a compensación. Si deliberadamente algún privilegiado golpeara a alguien pobre, ninguna autoridad vendría a defender a este último.
Una sociedad como la descrita, en la que se institucionaliza el maltrato a los más vulnerables, sería calificada por todos como una sociedad terriblemente injusta. Consideraríamos, además, que tendríamos un deber de cambiar semejante injusticia, comenzando por las instituciones estatales. Nadie se atrevería —al menos eso creo— a justificar el poder que en esa sociedad tienen los mejor ubicados para maltratar y herir físicamente a los más desaventajados. Esto lo rechazaríamos sin importar cuáles fueran las circunstancias. Diríamos simplemente: “esto es algo que como sociedad no podemos permitir”.
En este momento deben preguntarse por qué traigo a cuento esta sociedad imaginaria, pues es claro que en nuestro país las graves desigualdades que vivimos no llegan al punto de permitir a los más ricos causar libremente un daño físico a los más pobres. Llegados a este punto quisiera hablar acerca del daño psicológico. John Rawls, de quien se celebra el centenario de su nacimiento este año, basaba su famosa Teoría de la Justicia en la idea de que una sociedad, para ser justa, debía distribuir de forma equitativa lo que llamaba bienes primarios. Uno de los bienes primarios más importantes era las bases sociales para el autorrespeto. Aquí, creo, podemos encontrar algo importante para pensar en nuestras sociedades y la forma en que nuestra estructura social causa en algunas personas un daño que muchas veces pasa inadvertido.
Las bases sociales para el autorrespeto son aquellas condiciones que nos permiten reconocer nuestro propio valor. Para lograr tener este tipo de confianza en nosotros mismos es necesario, entre otras cosas, el reconocimiento y el aprecio de los demás. La imagen que tenemos de nosotros mismos depende, en parte, de la imagen que vemos reflejada en otros y de cómo nos vemos reconocidos por otros. La exclusión social es particularmente dolorosa porque devuelve a quienes la sufren una imagen distorsionada y disminuida de sí mismos.
Los avances en la investigación psicológica de las últimas décadas nos dan elementos para entender de mejor manera este fenómeno. Todos hemos experimentado el enorme dolor que produce el sentirse rechazado por alguien (sea en una entrevista de trabajo o en nuestras relaciones personales y de pareja). Es un tipo de dolor con el que podemos fácilmente identificarnos. Lo que han mostrado estos estudios es que el dolor producido por el rechazo no se diferencia en nuestro cerebro del dolor producido por, digamos, un brazo roto. El dolor de ser excluidos “se nos mete por debajo de la piel”.
Este dolor no es exclusivo del ámbito personal. La exclusión social produce, también, un dolor similar al dolor físico. Sabernos excluidos de bienes básicos a los que otros en nuestra misma sociedad tienen acceso, bienes como la salud, la educación, una vivienda o alimentación suficiente —cosas que faltan a muchos colombianos— causa un dolor que se suma a la falta de esos mismos bienes. Es importante tener en cuenta que lo que produce dolor no es sólo la pobreza, sino también la desigualdad. Sentirse como un ciudadano de diferente estatus es una experiencia dolorosa. Es como romperle un brazo a quien es excluido. Nuestra sociedad, con sus enormes desigualdades, es una fábrica de dolor en la que día a día le negamos a millones de personas las bases sociales para el autorrespeto.
Una reforma tributaria legítima debe entonces buscar reducir, no sólo la pobreza, sino también las enormes desigualdades socioeconómicas que existen en nuestro país. Exige reducir las diferencias entre quienes más tienen y quienes menos. De no hacerlo, nuestras instituciones (en este caso el gobierno de Iván Duque y el Congreso) estarían reforzando, de forma completamente consciente, un sistema que practica la injusticia contra los más vulnerables.

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